LAS ETIQUETAS TE DEFINEN Y CONDICIONAN

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“Hola, me llamo Juanito pero todos me conocen como “el despistado”. Una vez me olvidé llevar los lápices y libretas a la escuela. Un niño se rió de mí y me llamó despistado. Toda la clase empezó a reírse y cantó a coro “Juanito es un despistado, Juanito es un despistado”. Sentí vergüenza, arrepentimiento y humillación. Me puse muy colorado y… para colmo… dijeron que me olían los pies. La profesora les mandó callar y al final hubo silencio en clase. Ese mismo día, en el patio, cada vez que me acercaba a alguien me preguntaban cosas como… ” Juanito, ¿dónde tienes la cabeza? Juanito, ¿te has acordado de ponerte calzoncillos?…. Ese día no pude jugar con nadie. Me sentía triste y solo.

Al día siguiente llevé todos mis materiales, pero preocupado y nervioso por tenerlos todos y que no ocurriera lo mismo que el día anterior, me olvidé de hacer los deberes. Cuando la profesora me preguntó por ellos, me volví a poner colorado, bajé la cabeza y dije que me había olvidado de hacerlos. Algunos soltaron pequeñas risas. La profesora me dijo que debía tener más cuidado, que me estaba volviendo un despistado. Esta vez en el patio pude jugar, no sin unas cuantas burlas. Pronto me dejaron de llamar Juanito, empezaron a llamarme “despistado” y no compartían nada conmigo por miedo a que lo perdiera o me lo dejara en algún lugar.

Yo me preguntaba si realmente era un despistado. Todos me llamaban así, incluso aquellos que no eran de mi clase. Nervioso por no dejarme nada, por más que lo repasara, alguna vez, esporádicamente me olvidaba algo, igual en el fondo sí que era un despistado. Aquel primer día de burlas, ha marcado mi vida. Las relaciones con mis amigos ya no son igual, no me dejan nada y cada vez me dejan jugar menos con ellos. Despistado, tonto perdido, torpe, apestoso… son algunas de las cosas que me llaman. Otras veces me quitan cosas y me las esconden para reírse de mí mientras las busco. La profesora también me llama despistado. Algunas veces sí que me dejo cosas, pero otras me las quitan, esconden o roban. Me siento triste, humillado, avergonzado, solo… Quiero que me traten igual que antes, ser Juanito el normal, no Juanito “el despistado”…

(Juanito es un nombre figurado, así como la situación expuesta)

Las etiquetas nos definen y nos limitan

¿Has sentido alguna vez el peso de una etiqueta en ti o en algún ser querido? ¿Crees que hay personas que se refieren a ti mediante una de ellas? ¿Consideras que puedes hacer algo en tu día a día para dejar de recibir etiquetas, o dejar de ponerlas?

En educación y en las ciencias relacionadas, existe el término “profecía autocumplida” o “condicionamiento de rol” para referirse, entre otros aspectos, al poder creador del etiquetado. Se han realizado numerosos experimentos a través de los cuales se corroboraba que lo que se cree y espera de una persona, lo acaba siendo. Es decir, si te etiquetan como “despistado” es más probable que lo acabes siendo. Tanto para lo negativo, como para lo positivo, las expectativas, etiquetas o roles adquiridos, acaban condicionando el comportamiento de la persona.

Entonces, ¿por qué etiquetamos? El ser humano tiende a etiquetar a las personas, en un intento poco efectivo de simplificar la vida. Nos es más fácil referirnos a una persona con un adjetivo que describiendo sus cualidades, sus atributos internos o físicos. Las etiquetas permiten que, con una simple palabra, los interlocutores se entiendan rápidamente, pero frecuente y lamentablemente a costa del sufrimiento del prójimo.

Si las etiquetas que recibimos potencian nuestras cualidades, seguramente estaremos más que encantados de oírlas, pero, ¿qué ocurriría si de repente se empieza dirigir a ti con adjetivos negativos? ¿Cómo te sentirías si fueras un niño/a y te etiquetaran como un pesado/a, plasta, egocéntrico/a, tonto/a, agresivo/a, tímido/a, liante/a, gordo/a, asqueado/a, borde, etc.? Probablemente te enfadarías, tú eres mucho más que eso, pero nadie es capaz de ver más allá de lo que un día te nombraron.

Quien pone una etiqueta, a menudo, no es capaz de ver más allá de la misma. Inconscientemente centra su atención en aquellos aspectos que corroboran el etiquetado, fortaleciéndolo así. Requiere de un esfuerzo, de un cambio, de un reconocimiento y aceptación del otro que a veces, por miedo a lo desconocido y a la dificultad que supone, no se quiere, o no nos sentimos capaces de hacer. Si bien muchas etiquetas se originan en la etapa escolar, corresponde al mundo de los adultos limitar su presencia, siendo conscientes de las consecuencias. Los adultos podemos escudarnos en la indiferencia, hacer oídos sordos, pero en cualquier momento podemos encontrarnos en la espalda de nuestra chaqueta alguna etiqueta molesta.

¿Qué podemos hacer en nuestro día a día? Debido a que quitarnos las etiquetas que otros nos han puesto requiere de un trabajo profundo del ser, reforzando con esfuerzo nuestra autoestima, lo que nosotros podemos hacer es… dejar de poner etiquetas ¿Cómo? Siendo conscientes de cada etiqueta que ponemos a los demás. Si somos conscientes de cada vez que nombramos, o simplemente pensamos en el otro, como un/a pesado/a, un/a distraído/a, un/a cabezota, un/a pelma, etc. ya tendremos la mitad del camino recorrido, ya que muchas veces estas atribuciones se llevan a cabo de manera inconsciente.

Cambiar el SER por el ESTAR. Cuando nos damos cuenta del etiquetado, podemos relativizarlo. Por ejemplo: En vez de decir/pensar que Juanito es un despistado, podemos cambiar el verbo por estar. Estar es algo temporal, del presente, del aquí y ahora. No es lo mismo decir que “Juanito es un cabezota”, que decir que “Juanito está cabezota”.

Éstas son algunas herramientas que podemos poner en práctica en nuestro día a día para desarrollar poco a poco nuestra inteligencia emocional y hacernos la vida un poco más agradable y sencilla.

Autora: Marta Iglesias Ojeda (Máster en Educación Emocional y Bienestar, Terapeuta Transpersonal, Coach, Formadora de Formadores, Especialista en Intervención Educativa y Familiar, Especialista en trastornos de aprendizaje)