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EL ORIGEN DE LA FILOSOFÍA Y LA ALQUIMIA

Según la Real Academia Española, la alquimia “tuvo como fines principales la búsqueda de la piedra filosofal y de la panacea universal”.

La piedra filosofal es la materia que nos permite convertir los metales en oro; la panacea universal se relaciona con la curación de las enfermedades y con el elixir de la larga vida. Ambos: la transmutación de los metales en oro y el elixir de la larga vida, son sin duda dos de los anhelos más antiguos del hombre.

Sabemos que en los templos de Egipto se desarrollaban operaciones metalúrgicas encaminadas a la fabricación del oro, y que Gilgamesh, rey de Uruk, cinco mil años atrás, ya buscaba el remedio que tornase la senectud en juventud.

Pero la alquimia no es sólo la búsqueda de la piedra y del elixir. Nuestro alquimista es distinto del químico que bombardea núcleos atómicos, en la consecución de la ya demostrada posibilidad de la transmutación; y del farmacéutico, que investiga un nuevo medicamento sintetizando químicamente. El alquimista es diferente porque no es un científico (en su significado actual), sino que es un filósofo de la naturaleza, y por ende, alguien que busca desvelar los secretos que ésta esconde, conocer las leyes en las que se sustenta, trabajar con ella, conducir las materias hacia su perfección, elaborar medicamentos eficaces, y a la par, transformarse él mismo, reconociendo su parte más sutil, la que está hecha a imagen y semejanza del Creador.

Por eso, nuestro alquimista no comprende la visión moderna de la ciencia, y aunque durante muchos años compartieron la misma suerte, ahora se encuentran oficialmente separadas, y la alquimia relegada a una superstición o, como dicen algunos que se muestran más generosos y respetuosos con sus orígenes, a una “pseudo-ciencia”.

Lo que caracteriza al alquimista es el trasfondo espiritual de su trabajo, que se sustenta en un sistema filosófico denominado hermetismo, y que se aplica en tres “ciencias”: la alquimia, la astrología y la talismánica.

El hermetismo es una filosofía natural. El alquimista es un filósofo de la naturaleza que anhela “ser instruido acerca de los seres, comprender su naturaleza y conocer a Dios”.

La opinión general coincide en que el nacimiento del hermetismo, ya como un corpus doctrinal formado, se produjo al comienzo de nuestra era en la ciudad de Alejandría, aunque todo nacimiento va precedido de una lenta gestación anterior, y por eso se puede hablar ya de textos herméticos, es decir, atribuidos a Hermes Trimegisto, desde finales de los tiempos anteriores a Cristo. En Alejandría se dio la confluencia de varios factores que propiciaron su aparición: los conocimientos del tratamiento de los metales que tenían los egipcios, el desarrollo de la filosofía griega, un libre ambiente de estudio e intercambio científico…

Cualquier acercamiento a las probables influencias filosóficas del hermetismo, cae enseguida en la ortodoxia del encasillamiento entre platonismo y aristotelismo. De hecho, la historia de la filosofía antigua se divide en dos grandes grupos: la filosofía presocrática y la postaristotélica, relacionando con ambos autores la filosofía posterior, y situándola en uno u otro bando. A esa indiscutible autoridad hay que sumar que los autores anteriores a ellos son estudiados bajo el prisma de sus opiniones, y lo que es peor, la identificación del pensamiento científico y la lógica con el aristotelismo, y del pensamiento “pseudo-científico” y no del todo racional con el platonismo.

Al consultar una fuente, lo normal es que leamos que el hermetismo es pitagorismo, platonismo, algo de Aristóteles y estoicismo. Lo cual, si bien, puede ser verdadero, conviene matizarlo, ya que si algo caracteriza al hermetismo es su eclecticismo, que le ha permitido no tener ninguna dificultad doctrinal a lo largo de su historia para ser aceptado por distintas religiones y culturas, junto al hecho de que no existe ninguna escuela oficial, ningún texto fundador, y que sus bases son muy sencillas. No podemos pensar que si Platón y, sobre todo Aristóteles, no hubiesen existido, la humanidad viviría un gran atraso cultural, tecnológico y científico. Es cierto que necesitamos estructurar y organizar el conocimiento, pero eso no debe llevarnos a ver sólo una opción de las muchas posibilidades de desarrollo que ha creado el hombre a lo largo de su historia, y sobre todo, no debemos considerar que sólo una sea la correcta.

Europa se ha desarrollado bajo múltiples capas de opiniones sobre ambos filósofos. La famosa frase de que toda la filosofía occidental no son sino notas a pie de página de la filosofía de Platón, aunque en parte sea cierta, es injusta. Ahora que tenemos mucha más información sobre los primeros filósofos, deberíamos cuestionarnos todas esas capas, hacer una reinterpretación de las ideas y ser capaces de romper con una tradición larga, pero agotada en muchos aspectos, sobre todo ante la posibilidad de indagar otras antiguas opciones de pensamiento. Pero no debemos caer en su abordaje con los prejuicios arrastrados, sino con los ojos de un niño que descubre algo nuevo; por eso en un pequeño intento de enumerar las bases del hermetismo, no vamos a recurrir a ellos, sino a sus fuentes, a los filósofos presocráticos, en los que descubrimos los bocetos, las ideas primigenias ya apuntadas, tras el largo proceso que fue el paso del mito al logos.

La alquimia se basa en un filosofía de la naturaleza

Las bases que enumeramos a continuación no figuran expuestas tal cual en ningún texto, aunque hemos querido corroborarlas con frases textuales extraídas del Corpus Hermeticum, por lo que, como siempre, nos encontramos con un sistema abierto que puede ser cuestionado.

– La creencia en Dios, en un demiurgo, en un ser creador del que todo emana y al que todo vuelve, que es el bien.

“Dios es el bien, y no como un título honorífico, sino por naturaleza”. “Dios es el bien, y el bien es Dios”.

“El cosmos tiene una única sensación e intelección: hacer y deshacer todas las cosas en sí mismo como instrumento de la voluntad de Dios”.

Jenófanes de Colofón, filósofo jonio que vivió entre los siglos VI-V a. C., nos habla de que no hay más que una divinidad “que no se parece a los hombres ni en el cuerpo ni en el pensamiento”, de la sublimidad de lo divino, la unidad divina como sumo principio, y afirma que Dios, sin necesidad de moverse, solo con su decisión lo hace todo, y todo lo ve, entiende y oye.

– El espíritu universal y el ciclo solve-coagula. En el hermetismo, Dios realiza la Creación mediante un instrumento, una energía dadora de vida que marca la diferencia entre lo animado y lo inerte, y que enseguida en un movimiento continuo y eterno va generando los dos primeros estados dentro de sí mismo: uno más sutil (mercurial), y otro más denso (sulphur). En su ininterrumpido fluir, el estado solve tenderá al coagula, y viceversa. Todo lo creado, que no son sino cristalizaciones momentáneas, está sometido a este ciclo solve-coagula, a este disuelve y cuaja.

El trabajo del alquimista, o del espagirista,  no se entiende sin el manejo de ese espíritu universal, de esa sustancia primordial que la Tabla Esmeralda nos dice “que el viento la ha llevado en su vientre”, y que recibe muchos otros nombres: anima mundi, fuego, semilla, aliento, esperma, pneuma…

“El espíritu que llena el universo penetra en todos los seres animados concediéndoles la vida”.

Anaximandro de Mileto (s. VI a.C.), nos habla del apeiron, una sustancia primordial, de origen divino que “es eterna y nunca envejece”, que “todo lo abarca y todo lo gobierna”, indestructible; que por segregación genera unas entidades: frío, calor, húmedo y seco a causa del movimiento eterno, y que entre los contrarios así creados hay una tendencia o exceso de uno sobre el otro, que es momentánea, dando lugar a las cosas que vemos.

Anaxímedes de Mileto (s. VI a. C.), hace la identificación del principio o apeiron de Anaximandro con el aire. Las cosas se forman a partir de una sustancia única, el aire, por rarefacción y condensación, es decir, según el aire esté menos denso (rarefacción) o más denso. Admite al igual que Anaximandro el devenir cíclico del mundo, e identifica al aire con el hálito y el ánima del hombre y del mundo antes que los estoicos. “Así como nuestra alma que es aire, nos mantiene unidos, de la misma manera el aire o aliento envuelve a todo el mundo”.

Heráclito de Efeso (s. VI-V a.C.). El punto de partida de Heráclito es la comprobación del incesante cambio de las cosas. Heráclito explica la sustancia primordial con el fuego, pero no con el elemento corpóreo, sino con un principio divino, activo, inteligente y creador, capaz de inducir el cambio, invita a investigar la naturaleza “que gusta de ocultarse”, aunque presenta su búsqueda como una sabiduría difícil de aprender, diferenciándola de la sabiduría meramente acumulativa. Hay que buscar el logos, la razón, la unidad que subyace en todas las variaciones aparentes,  en la forma inmutable del cambio continuo.

Sólo el hombre puede alcanzar el privilegio de conocer la verdad puesto que es el único ser de la Creación hecho a imagen y semejanza del Creador. Para alcanzar esa gnosis, el hombre cuenta con sus sentidos, pero también necesita indagarse a sí mismo, y utilizar su razón e intelecto para trascender lo que recibe de los sentidos.

“Pero la Inteligencia, Padre de todos los seres, que es vida y es luz, engendró un hombre semejante a él, y lo amó como si fuera su propio hijo”.

“Entre todos los seres que tienen vida solo el hombre es dotado, elevado y exaltado por el intelecto a fin de que pueda alcanzar el conocimiento del plan divino”.

Parménides de Elea (s. VI-V a.C.), nos enseña que el hombre puede conocer lo que se esconde tras las variaciones aparentes y llegar a conocer la vía de la verdad. El movimiento aparente puede ser estudiado por la física y los sentidos, pero la realidad, el ser, que es lo único divino, no puede ser conocido por los sentidos, sino por el nous (mente, pensamiento, intelecto). El tema original de su filosofía es la contraposición entre la verdad y la apariencia. El verdadero conocimiento no puede ser más que conocimiento del ser, esto es, de la realidad absoluta e inmutable que subyace bajo el cambio, la divinidad, la verdadera sabiduría.

Pitágoras de Samos (s. VI a. C). Para Pitágoras el conocimiento de la naturaleza es el medio de purificar el alma y acercarse a la divinidad. El universo entero esta vivo y su alma es divina. El alma aspira a volver a la divinidad tras la muerte, pero esto solo podrá hacerlo si el conocimiento del cosmos divino nos ha permitido desarrollar lo divino que hay en uno.  El pensamiento y la intuición son mejores son superiores a los sentidos y la observación.

Heráclito de Efeso. Para comprender el logos hay que descomponer cada parte y examinar la relación entre ellas. Hay que saber leer las señales e interpretarlas ya que dentro de nosotros se manifiesta esa misma razón.

Empédocles de Agracante (s. V a.C.), es consciente de los límites del conocimiento humano. El hombre necesita servirse de todos los sentidos y también del intelecto, para llegar al conocimiento que se produce por el encuentro o la identificación entre el elemento que reside en el hombre y fuera de él. El principio fundamental del conocimiento es que lo semejante se conoce por lo semejante

– La formación de la materia por los cuatro elementos

“Los elementos gracias a los cuales toda la materia ha tomado forma, son cuatro: el fuego, el agua, la tierra y el aire. Una sola materia, una sola alma, un solo Dios”.

Empédocles. Los cuatro elementos: fuego, aire, agua, tierra, al mezclarse componen las cosas, es el nacimiento, su disolverse es la muerte. Estas cuatro raíces están animadas por dos fuerzas opuestas de naturaleza divina que se van alternando cíclicamente su influencia: el amor que tiende a unirlas y la Discordia u Odio que tiende a desunirlas, en un ciclo eterno.

– Los conceptos del macrocosmos y microcosmos. “Lo que está abajo es como lo que está arriba, lo que está arriba es como lo que está abajo”. (Tabla Esmeralda). Esta frase expresa uno de los puntos fundamentales del hermetismo, del que se desprende la teoría signatural.

“Los astros llevan a cabo todas las cosas en la naturaleza y en el mundo de los hombres”.

Demócrito de Abdera (s. V a. C). En su obra “Anthropos mikros kosmos”, utiliza por primera vez esa denominación, y explica de forma taxativa las relaciones entre el macro y microcosmos, que ya habían sido apuntadas por Anaxágoras y Pitágoras.

BIBLIOGRAFÍA

– Bernabé, Alberto (trad.): De tales a Demócrito, fragmentos presocráticos. Madrid: Alianza Editorial, 1997.

– Mosterín, Jesús: Historia de la filosofía: la filosofía griega prearistotélica. Madrid: Alianza Editorial, 1996.

– Mosterín, Jesús: Historia de la filosofía: el pensamiento clásico tardío. Madrid: Alianza Editorial, 1996.

– Hermes Trismegisto: Corpus Hermeticum. Barcelona: Indigo, 1998. (Colección Archivo Hermético, 7).

– Abbagnano, Nicolás: Historia de la Filosofía (vol. I). Barcelona: Hora, S.A., 1994.


[1] Corpus Hermeticum: obras completas. Barcelona: Indigo, 1998.

[2] Alfred North Whitehead.

trimestraliniciatico.wordpress.com

Artículo realizado por:

Alicia Carrasco Jiménez.

Es diplomada en Biblioteconomía y Documentación por la Universidad de Granada. Su relación con la Espagiria y la Alquimia surge al ingresar a estudiar con el Maestro Yabir abu Omar, diferentes cursos teóricos y prácticos de laboratorio; posteriormente trabajó junto a él en el laboratorio Sothis, siendo también profesora de Al-Madrasa (la Escuela del mismo laboratorio). Se ha especializado en la investigación sobre la historia de la Alquimia y el saber hermético en general; colaboró como investigadora en el libro recién editado (Escuela Andalusí, 2012) “Terapiafloral Evolutiva. La vía iniciática de Edward Bach” de Luis Jiménez.

 

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